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25 de enero de 2018

Fotolibro




   Hace unos días os comentaba que, por fin, había acabado un proyecto al que le tenía unas ganas enormes: Northern soul.

Se trata de un fotolibro inspirado en mi estancia en Noruega, en él he recogido algunas de las imágenes que tomé allí combinadas con autorretratos para expresar todo el proceso vivido en tierras norteñas.








 



El libro no habría sido posible sin la colaboración de Saal Digital ( http://www.saal-digital.es ), que no sólo han demostrado una gran profesionalidad, sino que me han aportado una ayuda increíble adaptándose a los plazos que mejor me venían y preocupándose por mí.



La calidad de las imágenes es maravillosa y el gramaje del papel es muy agradable. Los colores han salido incluso mejor de lo que esperaba y la apertura de 180º de todas las páginas es perfecta para jugar con imágenes a doble página. 




Personalmente, me encuentro enamorada con la portada mate y su suavidad y profundidad de imagen.


Además, Saal te proporciona un programa para la maquetación del álbum que es tan intuitivo como completo para aquellos con menos experiencia en este tipo de trabajos.





 En conclusión, estoy muy contenta con el resultado y me alegro muchísimo de haber decidido colaborar con Saal y poder haber aprovechado esta oportunidad.






 Espero poder disfrutar de los servicios de Saal en el futuro, porque tienen una gran variedad de productos de gran calidad y su atención al cliente es simplemente genial.









28 de febrero de 2017

Febrero



(unknown)

Deja que se marche febrero,
que se vaya y que no vuelva.

Que venga marzo a su entierro
y sangren flores en la tierra.

Deja que quede el recuerdo,
que la memoria nunca muera.

31 de diciembre de 2016

Fin de año




El frío se pega a la piel y se hace camino hacia los pulmones de Julien, para ser expulsado después en una nube de humo y vaho. En el balcón respira, alejado del ruido de la fiesta; los coches corren por la calle y algunos gritos se escuchan: villancicos, felicitaciones de un nuevo año que se acerca.
Le tiembla el cuerpo, el termómetro marca bajo cero y él ha dejado su chaqueta en el perchero de dentro; pero necesitaba el aire. Su cabeza embotada por el alcohol pedía salir al mundo exterior por un momento, tomar algo de distancia, pensar.
Los últimos meses habían supuesto una larga lista de cambios en su vida, el comienzo del nuevo trabajo, la mudanza, conocer a tanta gente nueva... La voz de Marcos llega hasta fuera, es grave y suave a un mismo tiempo. Él también había sido una novedad.
Julien se frota las manos, intentando calentarse los dedos ya blanquecinos. El diciembre más frío de los últimos quince años dijeron que era. Pero para él, venido del sur, es el doble de frío.
¿Tienes algún propósito de año nuevo? Laura había dicho que ella quería aprender a tocar la guitarra y empezar a ir al gimnasio. Se había reído de ella, nunca cumplía sus propósitos. Pero la pregunta se quedó en el aire y ahora, en el balcón, volvía a sonar.
Aunque nunca había creído en las listas de propósitos, la idea no parecía tan absurda ahora. Su vida había cambiado tanto que tal vez necesitara saber hacia dónde quería encaminarla, un par de propuestas para el nuevo año, algo a lo que aferrarse, que avivara las ganas que le ardían en el pecho.
Vuelve a escucharse la voz de Marcos, esta vez más alta, gritando, llamando a todos.
Es la hora.
Una última mirada a la ciudad y Julien se despide del año en el que ha crecido y encontrado un nuevo hogar. Vuelve adentro, donde Marcos le da un pequeño bol con doce uvas para empezar el año.
Julien le sonríe y las coge, se sitúan uno al lado del otro, se miran cuando suenan los cuartos, preparados para las campanadas. Doce segundos más tarde es otro año y Julien sabe cuál es su propósito para  Año Nuevo.


27 de septiembre de 2016

La ciudad


La ciudad le resulta extraña. 
Lleva tanto tiempo huyendo que no se da cuenta, no quiere darse cuenta, pero ha olvidado cómo es pertenecer a un lugar.
Verónica camina, con un ritmo pausado, mientras el humo que escapa de su boca huye en espirales grises.
(Vía: tumblr)
Aún recuerda el calor de un verano distante en la memoria y cercano en el sentimiento, cuando confesó en voz alta y por primera vez, que no sería nunca lo que esperaban de ella. Aquel día aprendió que es mejor callar, que las verdades no son bien recibidas. Se entregó a una falsa aceptación, tras la que escondía un inconformismo tan silencioso como arraigado. Volvió a cobrar fuerza su voz cuando cumplió dieciocho, y aún más cuando fueron diecinueve y puso punto y aparte.
Se marchó un día frío de marzo en el que le temblaban los labios y las manos. Desde entonces no había pasado un día sin que sus pies dolieran de cansancio, de un no parar, de incertidumbre. Había viajado hasta descubrir lugares increíbles a los que hubiera querido llamar hogar y personas que llamar familia. Y, aunque había llegado a sentir que el nudo de su pecho se aflojaba, no llegó nunca a desaparecer. Aquel no era su hogar, ellos no eran su familia. Y antes o después, volvía a salir huyendo.
Verónica se hizo río y no se dejó detener, pero ahora, por fin, desembocaba. Su curso la había llevado a aquellas calles en las que ahora se perdía; sorprendiéndose del silencio que encontraba entre los más estridentes sonidos, de la soledad que a veces vislumbraba al detenerse en una calle abarrotada; del mosaico que dibujan las hojas caídas sobre los adoquines viejos. Por primera vez se sintió extrañamente acogida.
Comenzó a llover justo cuando entraba en el edificio.
El portal de mármol la recibió con un eco seco y frío, observó afuera, donde la fina lluvia se transformaba en el inicio de una tormenta. Las gotas chocaban contra el cristal y por unos momentos Verónica se quedó absorta, desde su refugio podía observar cómo la calle quedaba vacía y la ciudad se le hacía algo más cercana. El vaho de su aliento empañaba el cristal, después, sus finos dedos jugaban sobre él, trazando líneas confusas. Su cuerpo entero tiritaba a pesar del abrigo y el jersey que llevaba. Subió los escalones y alcanzó el recibidor donde se encontraban los buzones. Se sorprendió al ver que, años después, su nombre continuaba escrito allí.

29 de agosto de 2016

Azul







El calor se pegaba a la piel, mezclado con sal y recuerdos. Miedos humedecidos, ganas maceradas, piel reseca.
-¿Habías visto alguna vez un azul igual?
El sonido del oleaje parecía remitir a lo lejos, de manera que un falso silencio se acomodó junto a la costa. 
El agua hecha seda revelaba un fondo arenoso lleno de conchas rotas. Las gaviotas volaban, alejándose. Las últimas huellas sobre la arena mojada desaparecían.
Las ondulaciones aterciopeladas se asemejaban a las arrugas en una vieja y cálida manta, de las de invierno en la casa del pueblo, cuando ha caído la noche y todas las estrellas, son de hielo.
Piel de gallina, labios secos y cortados, mirada perdida.
El azul era inabarcable. Una infinita pena, tan viva y lejana como devastadora.
Rastros de espuma quedaban atrapados entre las rocas, donde las olas, suicidas, se precipitaban en un arrebato de, quién sabe furia, quién sabe desesperación. 
Tal vez valentía.
Nada. Una ola. Nadie. Otra ola. Silencio. Aquella rompe tarde. Esta, demasiado pronto.
Sube la marea.
-Sólo una vez, hace mucho.
La voz se deshace en el viento, nunca ha sonado.
Ya no queda playa, todo es azul y, las rocas afiladas, se esconden en el agua. No rompen más olas.
Salvo una.






21 de julio de 2016

Don´t look back



I tried to hide my fear behind your smile. 


Al quitar la goma una cascada color haya desbordó sus hombros. Con los finos dedos de pianista que nunca habían rozado unas teclas desenredó las palabras anudadas en su pelo. Temblaban sus labios pintados de granate.
-So... Sally can wait, she knows it's too late as we`re walking on by...
La canción sonaba en su cabeza desde hacía varias horas. Sus ojos oscurecidos por una mala noche coincidieron en el reflejo, se observó lenta y concienzudamente antes de salir de su habitación con una mueca. En la calle su vestido ondeaba colores pálidos y flores propias de otra época del año, pareciendo mucho más amplio sobre su menudo cuerpo.
Hacía dos semanas y media de la última llamada de teléfono. Era la primera vez que salía sola a la calle desde entonces, también era la primera vez que no se había despertado en medio de un ataque de ansiedad que consumía tanto sus energías como su cuerpo.
Llevaba un sobre en la mano, la última carta que habría de enviar en su vida. La adornaba un sello con un pequeño pájaro dibujado y una caligrafía impoluta y redondeada en un lado del sobre, nada en el otro. Una única página escrita residía en su interior, unas pocas líneas que le habían llevado una semana acabar.
A lo largo de aquellos días su interior se había vaciado, las lágrimas se lo habían llevado todo, la habían lavado. Ahora, despacio, con dificultad, volvía a comer, a mirarse a un espejo que había evitado durante meses, a permitirse tener un nombre. Fingió no ser consciente de las miradas que le dedicaban a sus piernas delgadas, a sus brazos finos, a sus clavículas hechas alas. 
A la salida de correos entró en busca de un café que calentase sus manos. La cafetería estaba decorada como un antiguo local, donde fotografías antiguas de desconocidos invitaban a recrear un pasado imaginado, tal vez mejor. Algún día ella no sería más que fotos descoloridas en una caja rota. Probó la taza. Algo amargo. Miró por la ventana que daba a la esquina de la calle.
-...Her soul slides away, but don`t look back in anger I heard you say...
La canción volvía a su mente en el silencio que la rodeaba. Su voz se volvía un susurro apenas audible mientras tarareaba. Ahora que había empezado a aceptar sus errores podía redimirse, liberarse de su conciencia. Había pasado demasiado tiempo escondiendo sus miedos, en sonrisas, en conversaciones de madrugada, en abrazos y besos fríos, en sexo más frío aún, en un ayuno constante. Había borrado su sombra hasta quedarse sin luz.
Y cada noche, escondida entre las sábanas, se decía "no vuelvas, otra vez no".
Ahora sabía que no volvería jamás. 
Tras aprender a mirarse a los ojos todo fue más sencillo, avanzar.




Neverthless, there are things that cannot be chosen.

30 de mayo de 2016

Camino a




vía: tumblr


La carretera estaba llena de baches y el viaje duró el doble de lo previsto. Era la tercera vez que sonaba Bob Dylan en el CD que había grabado para el coche y su voz estaba tan rota como la propia carretera, como mis planes de vida, como todo lo que había tocado en el último año.
A ambos lados del camino árboles se alzaban en busca de un sol que nunca calentaba lo suficiente, mientras que las nubes se deslizaban en un cielo gris, anuncio de tormenta. Aunque el verano estaba en su cenit, el aire frío borraba cualquier fantasía estival de golpe. Por suerte, yo ya había abandonado ese tipo de sueños tiempo atrás, cuando las playas de mi infancia, vestidas con una arena suave, se transformaron en un cenagal al llegar la adolescencia.
No había vuelto al Sur desde la noche en que las botellas rotas de whiskey cortaron mi piel.
Y ahora, años después, huía en busca del Norte donde habría de encontrar mi nuevo hogar.
Cuando la canción terminó detuve a un lado el coche y dejé que el silencio del bosque me devolviera a la realidad. Sentía el peso de cada hoja, su vaivén con el aire, la forma en que la luz atravesaba el haz y se quedaba encerrada en su interior. El bosque me devolvía la vida que, si había llegado a tener alguna vez, había perdido tras los acontecimientos de los últimos meses.
Yo no quise que nada de aquello sucediera, no lo busqué, no pude siquiera imaginarlo. Pero no sería justo para ninguno de nosotros que dijera que no me alegré.
El silencio del bosque también me devolvió los sonidos que mi memoria había grabado.
La música de la última fiesta del verano, las risas, los comentarios. Aquella noche empezó todo y ninguno pudimos darnos cuenta. Fue Ali quien me invitó a la fiesta, a pesar de que no fuera su casa, su piscina o su alcohol. Y yo, bueno, yo fui porque había aprendido que beber en compañía era mejor que hacerlo en mi piso hasta caer inconsciente.
Quién me iba a decir que una conversación a las cinco de la mañana en una fiesta cualquiera iba a encender la chispa que incendiaría todo cuanto nos rodeaba.
Sus palabras fueron sencillas, su voz clara y suave: "no lo entiendo, ¿por qué sigues aquí?".
Quién me iba a decir que una pregunta tan simple a las cinco de la mañana en una fiesta cualquiera iba a encender algo en mi interior que había dormido durante años.
Después vino la discusión con David, después el cierre del restaurante, después el aborto de Ali y su sobredosis. Por último, vino el funeral.
Y por la noche, volví a escuchar aquellas palabras, repitiéndose una y otra vez, exigiendo su respuesta. Solo que no había ninguna que dar. Llevaba años acallando esa voz, disimulando, fingiendo no oírla y de pronto, no podía silenciarla.
El día de la redada yo había salido buscando esa respuesta, y cuando supe lo que había sucedido, cuando entendí que no iba a volver a ver a ninguno de ellos, la encontré.
El vuelo raso de un pájaro me trajo al presente una vez más. Subí al coche y volví a poner la música y a continuar el camino. Los árboles se volvían kilómetros y quedaban atrás poco a poco. La soledad me envolvió como si fuese parte de un extraño ritual que me conducía a mi nuevo yo.
Era una carretera vieja, sinuosa y salvaje, pero la recorría con la inocencia y la esperanza propias de quien no ha sido niño. Lo había dejado todo por lo que esperaba al final de ella, por un comienzo, por una casa que fuera mía, por un trabajo que no me asfixiara, por una voz suave que había prendido el incendio que dejaba a mi paso.
Un nuevo bache me hizo saltar, una fría ráfaga de viento me erizó la piel y Bob Dylan volvió a sonar.
Era un bosque precioso ahora que lo pensaba, tan profundo y oscuro como mi vida pasada, pero acababa al final de aquella carretera.



27 de febrero de 2016

Lucy in the sky with diamonds




Lucía se deja caer sobre la cama, cansada, desfallecida. Un suspiro, en el que se le escapan las últimas horas del día, es todo cuanto indica que aún sigue con vida.
Permanece agazapada entre las sábanas blancas, en un mar de algodón que la envuelve como en una nube de la que desearía no bajar nunca; aunque su cuerpo todavía pesa demasiado para poder volar.
Desde pequeña ha sentido una fascinación casi obsesiva por el cielo, las nubes se le antojaban tierras lejanas, islas en el océano más profundo de todos. Pasaba horas contemplándolo, envidiando a los pájaros que podían surcarlo, acercarse a él. La luz que entra desde la ventana dibuja sobre su cuerpo formas y colores, como un caleidoscopio fantástico, el atardecer recorre cada parte de su piel y se queda grabado entre sus costillas desnudas.
Se limita a imaginar una vida paralela, en su mente se entremezclan recuerdos reales con sus versiones deformadas de cómo-tendría-que-haber-sido. 
Sobre la mesa de su habitación hay un pequeño ramo de flores, cálidas, vívidas, de tantos colores como sus fantasías, en las que  siempre suena música alegre de fondo. Desde hace tiempo hay algo dentro de ella que la incomoda, que la susurra; quiere escapar y la incita a reírse, beber y llenar su pequeña habitación de nubes de humo que imitan ese cielo del que está enamorada.
A veces se confunde, no sabe si algo es real o lo ha soñado, a veces, también, se sorprende viviendo algo que no necesita ser transformado.
Lucía sigue tirada en su cama, juega con las volutas de humo que inundan su cuarto, las acaricia entre sus dedos y después expira más humo para que éste no acabe de desvanecerse en ningún momento. Hay una litrona vacía a los pies de su cama, mezclada entre toda la ropa que forma la única alfombra que su habitación ha conocido. Comienza a sentir frío, así que rompe su desnudez con una desgastada camiseta que algún chico dejó en su casa por error.
Tras una última calada se levanta de la cama para tirar las cenizas. En su estantería hay libros tan diferentes que resulta complicado pensar que todos son de la misma persona, junto a las recopilaciones de arte hay una guía de viajes, sobre la guía de viajes un tarro de cristal, en el tarro hay amontonados diversos billetes y monedas y una etiqueta rota deja intuir un "para viajar" escrito con una letra clara y redondeada. Se queda mirándolo durante un rato, como calculando la cantidad que hay ya ahorrada, y, tras rebuscar entre sus cosas, saca de una cartera un billete arrugado y lo introduce con una sonrisa pícara.
Uno menos.
Lucía vuelve a dejar el tarro de cristal sobre la guía de viajes, la cual ha leído a fondo tantas veces que podría recitarla como una poesía. Después, decide que es hora de sacar de la nevera la botella de cristal, siempre se queda sedienta después de fumar.


23 de febrero de 2016

Carrusel






Aun ahora soy capaz de recordar con asombrosa precisión cada detalle, cada luz, cada color, cada sonido. La música sonaba cuando el carrusel estaba en marcha, acompañaba ese movimiento constante, circular, en el que me veía absorto cada vez que subía. El mundo se transformaba, adquiriendo una extraña e inexplicable cualidad propia de los sueños más lejanos de la infancia. 
Era un frenesí pausado, una espiral que lentamente abría un portal a un recóndito lugar de mi imaginación, donde la vida no conocía de preocupaciones. La mejor forma que he conocido nunca de huir del mundo.
Y un día había desaparecido, no quedaba nada donde siempre había estado y no llegó a ser sustituido. Al principio me costó aceptar que me habían arrebatado mi lugar favorito, el mismo que había transformado en mi propiedad derramando miedos y alegrías. Pero aprendí a buscar dentro.
Han pasado muchos años, y aún sigo acudiendo a un rincón inhóspito de mi mente donde ha quedado grabado ese carrusel, que ahora se ilumina convertido en un refugio para los días grises, donde habrán de habitar el niño que no murió y la inocencia que perdí.

9 de octubre de 2015

El relojero



El sonido monótono y constante del reloj llenaba el silencio de la pequeña habitación.
El despacho podría haberse llamado también habitáculo, teniendo en cuenta sus dimensiones limitadas y el estado de saturación permanente que reinaba en el interior, donde los objetos se amontonaban hasta perder su propia individualidad y pasar a ser sólo un conjunto de trastos inútiles. Pero nadie los ordenaba y mucho menos se molestaba en retirar aquellos que realmente carecían de funcionalidad. Tampoco acudía nadie a limpiar el polvo que creaba una capa uniforme sobre aquella extravagante colección.
La verdad es que no iba nadie al pequeño despacho, salvo él.
Él iba a diario y pasaba largas horas sin moverse de la butaca con la tapicería rota que resultaba ser el único asiento posible en tal caos. A veces ni siquiera hacía nada, llegaba por la mañana con un café ya frío servido en una taza vieja que probablemente acabara olvidando allí mismo, se sentaba con una delicadeza disimulada causada por el temor a que la vieja butaca cediera en algún momento y miraba al infinito, al escritorio en el que no había espacio para acometer su función inicial. Así pasaba el tiempo, con ese tic-tac constante del arcano reloj, que parecía ser el único objeto que aún no se había perdido, que aún conservaba su identidad.
Le apodaban "el relojero" porque en algún momento lo había sido y porque lo único que realmente era capaz de sacarle de su ensimismamiento constante era el sonido del reloj, el cual lo absorbía hacia un mundo, que lejos de ser real, seguía siendo mejor que sus divagaciones entre vacíos de conciencia.
Las agujas le devolvían la memoria, alterada, pero necesaria. Porque cuando el silencio era absoluto caía en un foso oscuro, una grieta que se había abierto años atrás en su conciencia y que le hacía perderse en una realidad atemporal donde las sombras lo invadían todo; pero entonces lo volvía a escuchar, al principio lejano, después más claro. Tic y una pequeña mota de luz aparecía. Tac y aparecía otra más. Tic y se multiplicaban. Tac y crecían. Tic, tac, tic, tac, tic, tac... hasta que la oscuridad desaparecía y volvía a estar sentado en la butaca de su despacho.
Pero hacía mucho que no escuchaba otras agujas que las del enorme reloj de madera, ya nadie le encargaba reparaciones, nadie le confiaba al "relojero loco" una tarea tan importante como la de devolverle la vida a un reloj que ya no sonaba.
Él era el único que sabía hacerlo con delicadeza, los otros no eran más que idiotas que pensaban que cambiar una tuerca era revivir un reloj. Él había traído el ritmo constante a relojes que se habían perdido en la oscuridad, había reparado lo irreparable, era el maestro de todos los relojes.
Porque era como ellos.
Aunque nadie le había devuelto nunca su ritmo, su tic-tac, habían dejado que se descordinara poco a poco hasta detenerse y después, lo habían abandonado.
Así que se limitaba a formar parte de su colección de objetos olvidados, de todo aquello que llegaba a sus manos y que había sido desechado por el resto de personas; los adoptaba sabiendo que él no era más que otro excéntrico objeto que nadie necesitaba ya. Y lo único que continuaba con vida era el reloj de madera, y lo único que le ataba al mundo era su sonido.
Hasta que también el reloj se parase algún día, y entonces no quedarían relojeros capaces de devolverle la vida.

19 de noviembre de 2013

Las historias se quedan en los libros.

Pasaba las hojas del libro sin prestar atención, hacía rato que se había perdido en la historia: le aburría. Afuera se escuchaba el ruido de los coches, conversaciones lejanas, dentro reinaba el silencio. Cerró el libro y se tumbó en el sofá, cerrando los ojos por un momento. Tenía una hoja escrita sobre la mesa, era una lista de propósitos que había hecho a principios de año, sólo había tachado uno: acabar el libro.
Ese maldito libro que reposaba sobre sus rodillas y que había empezado hacía mucho.
Lo odiaba.
Y eso que en el fondo le gustaba la historia, pero era culpa de la protagonista:
Era feliz.
Y no soportaba su horrible optimismo, ni que todo le saliera bien en la historia o que le cayera bien al resto de personajes. Odiaba cada vez que sonreía, que hablaba, cada vez que sencillamente se mencionaba su nombre. Por eso no acababa nunca el libro, le producía odio.
Porque sabía que eso sólo pasa en los libros y que la realidad no es tan bonita.
Quizá también por envidia.


(unknown)

29 de septiembre de 2013

Otoño.








Llega el otoño. Pero en silencio, sin avisar y además, tarde, para variar.

Llega y lo único que hace es empañar el cielo y algún cristal, teñir parques y aceras de naranjas y amarillos y revolver melenas con ráfagas de viento.
Llega sin presentaciones, ni saludos, sin despedirse del verano.
Llega como un viejo amigo.
Y aunque llega con retraso, le das la bienvenida, al fin y al cabo, ¿quién no llega tarde alguna vez?
Por eso el otoño es un poco más humano, porque tiene días grises pero también la alegría necesaria para regalar a los niños pequeños hojas con las que jugar.
Y es que el otoño es un poco como nosotros mismos, porque no sabe a dónde va, ni de dónde viene, porque busca contar una historia distinta mientras escribe siempre la misma. 

18 de septiembre de 2013

Piezas.


   Ruido, coches, contaminación, rascacielos, tráfico, días nublados, promesas rotas, sueños desperdiciados, ciudades inmensas, odio, guerras, desolación, miedo, sonrisas falsas, mentiras, gente que camina sin levantar la cabeza, personas que no hacen más que pensar en sí mismas. Ellos son egoístas, codiciosos, rencorosos, son malos perdedores, hipócritas, ajenos, envidiosos, traidores, son toda esa gente que como un puzle forma este mundo; pero de vez en cuando, casi por casualidad, encuentras una pieza que sobresale, al principio no te fijas mucho en ella, pues es pequeña, pero también única. Al contrario que el resto es de colores vivos y alegres, es especial, distinta y por eso la coges. No tardas en darte cuenta de que esa pieza ha pasado a formar parte de tu vida, de ti mismo, se vuelve imprescindible, y si miras a través de ella el mundo ya no es tan horrible como antes... hasta parece hermoso.

Algunas personas dicen que hay una de esas piezas por cada persona y que para ser feliz tienes que encontrar la tuya. Las piezas, a veces, son lugares, otras libros, películas, canciones, personas... 

Hace mucho que encontré la mía perdida en un charco de lluvia, destrozada, sucia, rota, pero la arreglé, la saqué brillo y ahora la llevo siempre conmigo, me ayuda a sonreír. 
¿Sabes cuál es la verdad? Que esas piezas de un puzle perdido sin acabar se llaman esperanza


¿Encontraste la tuya o todavía sigues perdido?

29 de agosto de 2013

Un café y cien problemas.


Mira por la ventana con ojos tristes, sentada en la mesa de la cafetería, esperando a que el camarero traiga a su mesa el café que ha pedido hace ya bastante rato, pero no tiene prisa.
  Han pasado dos días y ha dormido apenas seis horas entre los dos, la noche se cierra sobre ella y no es capaz de ignorarlo todo; ésa es la razón de las ojeras que marcan su rostro y que ni siquiera se ha molestado en tapar con un poco de maquillaje, ¿para qué aparentar?

Cuando por fin le traen el café se da cuenta de que ni siquiera tiene apetito para tomárselo, así que lo deja delante de ella y observa el humo que asciende y hace volutas en el aire antes de desaparecer. Y se imagina que su vida es un poco como ese humo: voluble.
Pero eso es algo de lo que no somos conscientes, ¿no? Siempre pensando que lo malo le pasa a los demás hasta que entiendes que tú sólo eres uno más en una multitud.
Ella ahora lo entiende, así que da un sorbo lento al café que ya ha dejado de quemar.
Sigue sin apetito, pero hace un esfuerzo y lo acaba, deja el dinero en la mesa y se levanta.

Un café caliente siempre le soluciona los problemas, incluso si su propia vida es el problema.

23 de agosto de 2013

Lo bueno, poco dura.

-¿Recuerdas aquel día?
-¿Cuál de todos?
-EL día. Cuando todo iba bien, cuando escribimos aquella lista con todo lo que queríamos hacer, cuando aún estábamos todos juntos, cuando éramos algo así como felices.
-Claro, creo que fue el mejor.
-Lo fue.
-¿Entonces?
-Pensaba en que desearía volver, porque en aquel momento todo iba bien y nadie habría dicho que después de este tiempo la vida nos lo habría quitado todo.
-Pero sabíamos que aquello no duraría siempre.
-Sí, pero, siempre esperamos que lo bueno dure un poquito más y, cuando desaparece, lo echamos tanto en falta que olvidamos seguir adelante.

17 de agosto de 2013



Dejó la bici a un lado, apoyada contra un árbol al borde del camino y se alejó lentamente.
Al fin estaba lejos...
Lejos... ¿de qué?
Había salido huyendo, ni siquiera había pensado qué hacía cuando se subió a la bici y empezó a pedalear, pero no habría podido seguir allí por más tiempo.
Entonces volvieron a resonar todas aquellas palabras en su cabeza, como ecos metálicos que le atormentaban una y otra vez, siempre volviendo, repitiéndose.
Ella había dicho muchas cosas, él más, todas igual de horribles, todas igual de precipitadas.
Pero aún así sabía que lo que le había dicho era cierto.

¿Tanto miedo tenía de seguir adelante?
Había pasado toda su vida allí, en aquella casa, en aquellos caminos, soñaba con ver cosas distintas, claro, pero a la hora de la verdad había demasiadas cosas que no quería dejar atrás y eso le pesaba.
Por eso le había dolido que ella le echara en cara tanto, ella, precisamente ella.
Y en vez de poner en orden sus pensamientos, había preferido salir corriendo.

Se sentó en la hierba seca por el calor del verano, ahora se preguntaba si había estado bien marcharse sin más en mitad de la discusión, posiblemente no, pero ya daba igual.
Se tumbó y cerró los ojos.
Trató de calmarse, respiró hondo.
Cerró los ojos más fuerte aún, le había dolido el tono de su voz, frío, realista; le había dolido que no había tenido forma de responder, de defenderse; le había dolido que en el fondo él ya sabía todo aquello. Pero al menos el dolor le recordaba que no había acabado todo y que aún le quedaba una oportunidad.
Ella tenía razón, había sido un cobarde, era hora de demostrarle que podía cambiar.

Dejó la bici a un lado, apoyada contra un árbol al borde del camino y se alejó lentamente, se tumbó en mitad de la hierba, en mitad de ningún sitio, sin saber a dónde ir o qué hacer, pero con una sensación de libertad nueva para él.